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LOS NUEVOS CHULOS DEL BAILE

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28 Oct LOS NUEVOS CHULOS DEL BAILE

Hace tiempo que voy liado a tortazos con lo que he venido a denunciar públicamente como “prostitución” en el ámbito de la música electrónica de garrafón, la de tarifa plana, la de usar y tirar. No se trata de otra cosa que la de aprovecharse –de su cuerpo y alma- en este caso adscritas al house, al techno, al bass, al disco, al electro, a la EDM y así hasta los miles de géneros que corporeizan al estilo según el maestro Luis Lles- como mera vs. sabrosa herramienta para ganar dinero -y ya de paso hacerse famosos- pero de una manera sucia por poco cariñosa, faltona y escasamente respetuosa con sus finas curvas y excelsos dulzores internos.

Cuando la música se convierte en solo un instrumento más de feroz marketing se puede exhibir desnuda y casi siempre bien jodida –manoseada, recortada y sobada al gusto- en canales de televisión de pago, revistas tendencieras más que de tendencias, emisoras de radio afines a las “juventudes hipsterianas”, anuncios del nuevo Mercedes Clase A o demás canales modernitos de difusión -¿o es mejor decir propaganda?- con el solo interés de arrinconar hacia las cuerdas de la venta al posible comprador y echarse al bolsillo su buen puñado de euros, estamos ante un nuevo y triste episodio de “pu*erío musical” (con perdón) al servicio de los de siempre: los que mandan y comandan en el millonario mercado del ocio planetario hecho por -unos cuantos- listos y para –muchos millones de- bobos. Esto se complica cuando acudimos directamente el actual y más evidente epicentro del proxenetismo musical que no es otro que el sector de la música electrónica, ¿será por lo fácil que es, gracias a las nuevas tecnologías del diying y la síntesis, ahora convertirse en dj y/o productor? Será, será…

Como modesto periodista especializado en dichas lides cada vez me encuentro con un mayor número de nuevos pseudo-artistas –djs y productores- que, sin sentir cierto ni un gramo de aprecio por dichos sonidos, los manipulan, los manejan al antojo de su potencial comprador y los venden con un solo objetivo: intentar hacerse ricos con ellos… sin más y, por supuesto, sin un ápice de consideración. Los tenemos tan localizados –aquí y allá- que no es necesario ni quiera nombrarlos. Cuando se le falta de esta forma el respeto a algo tan sumamente emocionante, puro y sugerente como es la música -en este caso la de baile, la que incita al movimiento y a la alegría desprejuiciada, la menos amigacha de los compromisos y las denuncias sociales- ya no queda nada que se pueda salvar y claro, así nos luce el pelo. Crear música no es fabricar churros, ni hacer mamadas o chapas por 25 pavos en la oscuridad de un portal. Que todo el mundo se lo tatúe en el hipotálamo.

Recibo cada semana cientos de promos de djs y productores, noveles y veteranos, gente consagrada y otros muchos que aspiran a serlo. Puedo asegurar que el 80% de ese material emergente e inédito que cae en mis manos es producto directo de la nueva prostitución musical que asuela el panorama de la música electrónica, en muchos de sus estilos, de aquí y allá. Solo hay que dedicarles unos segundos para descubrir, no sin cierto estupor, que el menda en cuestión –sea nacido en Barcelona, residente en un barrio de Albacete o empadronado en Berlín o un pueblito de Dakota del Norte, no siente ningún tipo de respeto ni cariño por lo que ha hecho (ni siquiera es capaz de darse cuenta de su error) y me entrega orgulloso una obra bastarda, desde principio a final, con la ambición de que sea exhibida en la revistas y webs en las que trabajo para luego vender algo, bastante o mucho. Esto atufa a producto fácil en busca de un éxito fulgurante –casi siempre imposible-; a basura sin alma; a hype de saldo; a algo hecho sin afecto, como ese hijo que nace tras una noche entre dos que solo buscaban sexo salvaje y sin compromiso. La música no es algo vehicular al servicio de nadie a cambio de un talón con seis ceros, como para que la traten así estos oportunistas que solo esperan lucrarse con ella.

Seguramente muchos me diréis que esto no es nuevo, claro, y que se trata de algo tan manido como las propias leyes del mercado. Vale, lo sé. Pero nunca como ahora han pululado libres por clubs, radios y revistas del asunto tantos proxenetas sonoros profesionales y aspirantes a ello. Se les ve venir desde lejos, no es fácil confundirles con artistas de verdad, ésos que por encima de todo aman lo que crean libremente desde un respeto que disipa todo afán de su aprovechamiento insano. Neguémonos a ello, limpiemos la escena de falsos artistas, devolvamos a la música –sí, eso tan maravilloso que da sentido a vidas como la mía- el respeto que merece y el amor que precisa para hacernos volar. No más chulos en el baile.

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